Del “yo” al “nosotros”

El proyecto común del amor

Abril, 2026

Con frecuencia se piensa que el aumento de separaciones y divorcios refleja que hoy las personas toleran menos las dificultades que conlleva la convivencia. Sin embargo, al observar con más atención muchas historias de pareja, aparece otra posibilidad: no pocas relaciones comienzan ya debilitadas porque nunca llegaron a construirse sobre un verdadero proyecto común.

Esta constatación aparece con frecuencia también en el ámbito de la terapia de pareja. Muchas crisis que inicialmente se presentan como problemas de comunicación, desgaste afectivo o desacuerdos cotidianos, al ser exploradas con mayor profundidad revelan una dificultad más radical: la ausencia o el debilitamiento de un horizonte compartido que dé dirección a la relación.

En parte, esto tiene que ver con la forma en que hoy se entiende el amor. A menudo se lo concibe como la coincidencia entre dos personas compatibles o como la promesa de un bienestar compartido. Bajo esta lógica, la relación se sostiene mientras ambos sienten que la convivencia resulta satisfactoria. Pero tarde o temprano la vida en común introduce exigencias que ponen a prueba ese sentimiento: una dificultad económica obliga a redefinir prioridades, una oportunidad laboral exige reorganizar la vida familiar o surge la pregunta sobre cómo educar a los hijos. En esos momentos la pareja descubre si simplemente está compartiendo la vida o si realmente está orientando su historia hacia un proyecto común.

Esto permite comprender que el proyecto común de una pareja no es la simple suma de dos proyectos individuales. Es una realidad nueva que ambos comienzan a construir juntos.

La tradición clásica ofrece una clave profunda para comprender este punto. Tomás de Aquino sostiene que “amar es desearle el bien a alguien” [1]. Por eso distingue entre el amor de concupiscencia —en el que algo se quiere por el beneficio que reporta— y el amor de amistad o de benevolencia, en el que el otro es querido por sí mismo. En ese contexto afirma: “El amante sale fuera de sí y se traslada a lo amado, en cuanto quiere su bien y pone sus afanes en procurárselo como si de sí mismo se tratara” [2]. 

Cuando dos personas viven así, en su relación ocurre algo decisivo: sus vidas empiezan a orientarse hacia algo que las trasciende. En el pensamiento de Santo Tomás, este dinamismo del amor tiene una consecuencia profunda: sus vidas comienzan a ordenarse hacia un bien que ambos comparten. Ese bien compartido no es simplemente la suma de dos intereses individuales, sino una realidad nueva que los une. El amor posee, en este sentido, una fuerza profundamente unitiva [3]. 

En ese contexto, el amor de amistad tiende naturalmente a generar una comunión de vida, es decir, una vida que ya no se organiza solo desde el “yo”, sino desde un “nosotros”. Esta comunión puede darse, en distintos grados, en toda relación de pareja; sin embargo, en el caso del matrimonio adquiere una forma particularmente estable, en cuanto se funda en un compromiso mutuo formal que ordena la vida de ambos en el tiempo. Es ahí donde esa comunión se concreta precisamente en el proyecto común que los esposos van construyendo a lo largo de su historia.

Este “nosotros” no es simplemente un sentimiento de cercanía. Es una vida compartida que toma forma a través de decisiones, renuncias y responsabilidades asumidas juntos. El proyecto común no es un elemento externo al amor ni una mera planificación práctica. Es la forma concreta en que la donación mutua se vuelve estable y operativa.

Por eso el proyecto común es aquello que da dirección a la vida de la pareja. Las tensiones y crisis forman parte inevitable de toda vida en común, pero cuando existe un horizonte compartido, esas dificultades dejan de vivirse como una amenaza para la relación y pasan a ser problemas que ambos enfrentan desde un mismo lado.

Sin proyecto común, la donación corre el riesgo de permanecer en el plano del sentimiento. En cambio, cuando existe un horizonte compartido —un hogar que construir, una familia que cuidar, una forma de vida que realizar juntos— la entrega personal se encarna en decisiones, prioridades y renuncias concretas.

Así, el proyecto común aparece como el horizonte que integra dos libertades que se donan, orientándose hacia una obra que ninguno podría realizar por sí solo.

Reflexionar sobre el proyecto común aporta a la terapia de pareja algo muy valioso: cambia el nivel desde el cual se comprende y se aborda el motivo de consulta y, por ende, su enfoque terapéutico. En lugar de quedarse sólo en los síntomas relacionales (conflictos, comunicación, desgaste afectivo), permite mirar la estructura profunda que sostiene —o no— la relación. En este sentido, aporta a la terapia de pareja un horizonte antropológico: permite comprender la relación no sólo como un vínculo afectivo, sino como una realidad compartida que ambos están llamados a construir, orientada hacia un bien común al que aspiran. Parte del trabajo terapéutico consiste precisamente en ayudar a la pareja a redescubrir o reconstruir ese “nosotros” que permite volver a orientar la vida común. Este proceso les ayuda también a dimensionar el verdadero significado del amor y de la entrega a la persona que cada uno ha elegido como compañero de vida.

Porque amar no consiste simplemente en caminar juntos mientras todo funciona bien. Amar es construir un “nosotros”: una vida compartida que da sentido a las decisiones, sostiene la relación en las dificultades y permite que dos personas realicen juntos algo que ninguno podría realizar por separado.

Josefina Browne Decombe

Psicóloga Clínica

Terapeuta Familiar y de Parejas

Bibliografía:

[1] Summa Theologica, I-IIae q.26, a.4

[2] Summa Theologica, I, q.20, a.2.

[3] Summa Theologica, I-IIae q.28, a.1

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Browne, J. (2026, abril 20). Del “yo” al “nosotros”: el proyecto común del amor. Asociación de Psicología Integral de la Persona. https://www.apsip.org/newsletters/abril/2026

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