“Sé que no es así, pero lo siento así”
Octubre, 2026
Hay una frase que los psicólogos escuchamos cada semana y que todos hemos dicho alguna vez: “Sé que no es así, pero lo siento así”.
Sé que mi jefe no me desprecia, pero me siento despreciado. Sé que no fui culpable, pero siento que debí haber hecho algo. Sé que me quieren, pero me siento menos.
En esa frase conviven dos saberes. Uno dice “sé” y corresponde a la inteligencia, que juzga que la amenaza no es real o no es tan grande. El otro dice “siento” y corresponde a un conocimiento sensible que también juzga—percibe desprecio, culpa o rechazo—y cuyo juicio persiste aunque la inteligencia lo contradiga. La emoción es la señal de que ese segundo juicio sigue activo.
Conviene precisar dos términos. Por inteligencia entendemos lo que la tradición clásica llamó entendimiento: la capacidad de captar lo real y de juzgar lo verdadero, a la que pertenece la conciencia. Junto a ella hay que recuperar una facultad que la psicología moderna olvidó, la cogitativa, que santo Tomás de Aquino también llama “razón particular”: el sentido interno que juzga de modo inmediato lo que conviene y lo que daña, y que dice, por ejemplo, «soy menos» o «debí haber hecho algo».
La psicología suele centrarse en la sensibilidad—“lo siento así”—y trabaja para modificar esa realidad. Pero profundicemos en la importancia de la inteligencia—«sé que no es así».
La tesis puede formularse así: la inteligencia no es la sede del trastorno psíquico, que pertenece a la sensibilidad, pero es su medida, está presente en su materia, es su testigo o su cómplice, es el camino de su curación y es su fin. Veamos brevemente cada una de estas ideas.
La inteligencia como medida
Una emoción es ordenada cuando responde, en su objeto y en su intensidad, a la realidad, y es la inteligencia la que capta la realidad. Por eso la salud psíquica no consiste en sentirse bien: la tristeza o la rabia ante una injusticia son sanas, mientras que sentir seguridad cuando no se sabe qué decisión sería lo mejor, no lo es. La inteligencia no es la sede del desorden, pero es su medida: sin ella no sabríamos qué está desordenado ni respecto de qué.
Los criterios que miden la duración, la intensidad y la disfunción sirven, pero no llegan al fondo del problema. Ante alguien que vive un enorme desconsuelo por la muerte de un tío abuelo con quien no tenía cercanía, ningún criterio temporal ayudará a aclarar el caso. En cambio, la pregunta por la proporción—captada por la inteligencia—puede revelar una pérdida anterior nunca elaborada, como la de un padre muerto en la infancia. Tomar la inteligencia como instrumento para medir cuándo hay desorden permite, por tanto, explorar líneas diagnósticas, orientar la pregunta por el desorden a un juicio prudencial siempre nuevo, no patologizar el sufrimiento proporcionado y reconocer desorden donde incluso puede no haber queja, como muchas veces ocurre en adicciones o en una euforia maníaca.
La inteligencia en la materia del trastorno
En el ser humano, la cogitativa juzga por participación de la razón: compara y relaciona de un modo que ningún animal puede. Por eso podemos temer objetos que ningún animal teme, como la autoridad, la soledad o la pérdida del propio valor, y por eso una misma emoción puede encerrar significados muy distintos. La tristeza por una muerte puede contener el juicio “debí haber hecho algo”, “sin su apoyo no saldré adelante” o “ya no podré vengarme”, y cada uno exige una línea de tratamiento diferente.
A su vez, el juicio raíz puede reunir síntomas aparentemente independientes, como, por ejemplo, la tendencia a sentir que “soy menos” puede explicar en determinado paciente el perfeccionismo, el temor a la autoridad o el consumo de alcohol. Si se trata el síntoma sin tocar ese juicio, el problema tiende a reaparecer en otra forma.
Por tanto, la inteligencia complejiza la materia del trastorno. Sin inteligencia no habría juicio raíz, y todo el mundo afectivo sería infinitamente más sencillo, aunque también más pobre.
La inteligencia como testigo o cómplice
Para comprender a un paciente no basta conocer qué está desordenado en su sensibilidad; importa también cómo se dispone la inteligencia frente a ese desorden, es decir, cuán consciente se es respecto al desorden. Cuando la conciencia lo advierte, la afectividad se vive como sufrimiento: la persona sabe que su emoción la arrastra, lucha y pide ayuda, y el pronóstico es mejor. Cuando no logra objetivarlo, la afectividad se vive como un misterio: la persona solo percibe consecuencias, como la misma emoción pero sin distancia, un dolor corporal, conflictos que se repiten o un estrés difuso. Y cuando la inteligencia justifica el desorden, lo convierte en principio, y el proceso terapéutico no puede avanzar mientras esa justificación se mantenga.
La conciencia emocional así entendida es uno de los elementos fundamentales para distinguir la psicopatología simple del trastorno de personalidad. En la primera, la razón está en condiciones de conocer la propia afectividad; en el segundo, las disposiciones emocionales propias son un punto ciego, por lo que el problema se vuelve más complejo. La persona no logra encontrar su lugar en el conflicto y vive las emociones sin distancia.
De manera que la conciencia emocional transforma los cuadros clínicos de un modo profundo y clínicamente relevante. Por otro lado, el grado de conciencia es, a la vez, un indicador pronóstico y una medida del progreso: a medida que el proceso avanza, se acorta el tiempo entre la reacción emocional y su reconocimiento.
La inteligencia como camino de curación
Sanar supone superar un juicio de la cogitativa fijado en la memoria, de modo que la sensibilidad vuelva a juzgar y a sentir de acuerdo con la razón.
La inteligencia interviene en este proceso a través del insight, que no es una simple conexión lógica, sino un darse cuenta acompañado de certeza: la razón comprende y la cogitativa certifica que aquello es real. El insight ofrece una libertad nueva: la persona reconoce su modo habitual de valorar sin identificarse del todo con él. A diferencia de algunas técnicas actuales de distanciamiento, que se limitan a preguntar si una emoción sirve o es funcional, la distancia asumida desde la inteligencia cuestiona la verdad—en sentido fuerte—del juicio de la cogitativa. Evidentemente tiene una fuerza terapéutica muy distinta que un paciente capte que la vergüenza no está siendo funcional, a que desde su propia inteligencia, luego de una consideración cuidadosa, comprenda que verdaderamente no tiene nada de qué avergonzarse.
La inteligencia como fin
Al final de un buen proceso terapéutico, el paciente puede decir otra frase: “Sé que es así, y lo siento así”. Los dos saberes se reconcilian, no porque la inteligencia haya derrotado a la emoción ni porque la emoción la haya reemplazado, sino porque la sensibilidad vuelve a juzgar como la realidad lo pide. Es lo que Klaus Droste describe como obrar “por razón y con emoción”: la razón comprende, orienta y decide, y la emoción acompaña, impulsa y matiza. Quizás así podamos hablar de una verdadera inteligencia emocional.
Se trata de recuperar una inteligencia que no se impone a los afectos, sino que los comprende, los persuade y los asume. Gregorio Nacianceno escribió en el siglo IV que “lo que no ha sido asumido no ha sido sanado”; desde la clínica podríamos añadir que no se puede asumir ni sanar lo que no se conoce. Y, ¿cómo sin la inteligencia?
Benjamín Suazo
Psicólogo
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Suazo, B. (2026, octubre 2). “Sé que no es así, pero lo siento así.” Asociación de Psicología Integral de la Persona. https://www.apsip.org/newsletters/octubre/2026