¿Tiene el perdón un lugar en la consulta?

Agosto, 2026

Cuando se habla de perdón, pareciera que siempre ha estado relacionado con el contexto espiritual. Sin duda conocemos muchas historias de perdón, personas que han sufrido graves heridas, logran perdonar y nos asombra, al menos a mí, ver en ellas una transformación interior.

Durante el brutal genocidio ruandés de 1994, Immaculée Ilibagiza, escribe en su libro cómo sobrevivió tres meses hacinada en un baño junto a siete mujeres mientras toda su familia era asesinada. Años más tarde, al encontrarse cara a cara con el asesino de su madre y de su hermano, eligió responder con la mayor de las fuerzas y perdonarlo [1]. Lejos de ser debilidad, comprendió que guardar rencor solo perpetuaba la destrucción en su propia vida, regalándonos una poderosa lección sobre el verdadero poder liberador del perdón.

Esta vivencia es solo el reflejo de una realidad universal. Sin necesidad de acudir a experiencias tan extremas, la consulta clínica está llena de heridas interpersonales: abandono, traición, humillación, abuso o injusticia, cuyo impacto puede permanecer mucho después de ocurrido el hecho. Entendiendo los efectos generales del perdón y  conversando informalmente con colegas psicólogos, me llamó la atención que el perdón aparecía escasamente como una alternativa clínica.

Esa constatación despertó una pregunta: ¿por qué el perdón no estaba en sus radares a la hora de incorporarlo a la práctica clínica? Asimismo, cuando se les pregunta a los pacientes si han pensado en el perdón a sus victimarios, como una alternativa a las respuestas ante esas injusticias, varios se sorprenden al darse cuenta de que nunca lo han pensado. Ciertamente, la falta de perdón desarticula la integración personal, manifestándose en un sufrimiento psíquico y afectivo.

La práctica del perdón no se limita a la mera casuística ni a la teoría; cuenta con un sólido respaldo empírico. La evidencia empírica ha relacionado el perdón con diversos indicadores de salud. Por nombrar solo un ejemplo, un metaanálisis de 128 estudios y 58.531 participantes encontró una asociación positiva significativa entre el perdón hacia los demás y la salud física [2]. Esto nos plantea una pregunta inevitable como profesionales: si la evidencia científica es tan sólida, ¿por qué el perdón sigue fuera de nuestra caja de herramientas habitual? Muchos no saben que el perdón es una gran herramienta que permite lograr aquella anhelada salud psíquica en muchos casos de injusticia. 

Para integrarlo con éxito en la terapia, primero debemos derribar sus principales barreras conceptuales. Perdonar no es olvidar, no es dejar de sentir dolor, no es justificar la falta ni equivale a reconciliarse con el ofensor. En el perdón no se trata de exigir una reconciliación forzada ni de minimizar la injusticia. Siguiendo modelos de terapia del perdón validados, como el de Robert Enright, el proceso clínico implica acompañar al paciente por etapas: validar el dolor, decidir soltar la venganza y reencuadrar el hecho para luego acompañar a la persona en la expresión del perdón [3]. El perdón terapéutico no busca exonerar al ofensor, sino arrebatarle el poder de seguir dañando el presente del paciente. El perdón es ante todo un acto de soberanía emocional: la decisión consciente de dejar de pagar con la propia salud la deuda de un tercero. 

Hasta aquí, la evidencia permite reconocer el perdón como una alternativa terapéutica posible. Desde la Psicología Integral de la Persona podemos dar un paso adicional: preguntarnos cómo comprender antropológicamente el proceso interior que supone perdonar.

El perdón alinea nuestras virtudes para canalizar la rabia y cuidar la salud mental, transformando el resentimiento en una oportunidad para ejercer activamente el equilibrio interior mediante la expresión de un amor benevolente hacia una persona que, por sus actos hirientes, no lo merece [4]. Entonces, el perdón constituye una serie de actos donde la estructura de la persona humana, tal como la conocemos desde la Psicología Integral de la Persona, a través de sus facultades (razón, voluntad y afectividad), opera un proceso de transformación interior y sanación clínica. 

Incluirlo en el repertorio clínico no significa imponerlo, sino ofrecer una alternativa que muchos pacientes ni sospechaban que existía: la posibilidad de liberarse del impacto de la injusticia sin depender de que el ofensor repare el daño. La terapia del perdón, lejos de ser un acto o una instancia aislada, debe entenderse como un camino progresivo. La elaboración emocional del enojo, la culpa o la vergüenza,  el establecimiento de límites, incorporar la justicia, protección frente al abuso, así como la reestructuración de la propia identidad tras el impacto del trauma, no son meros prerrequisitos externos, sino dimensiones esenciales del propio proceso de perdón. El perdón, entendido como hábito, no desplaza otros objetivos terapéuticos, sino que se integra de forma oportuna cuando clínicamente cobra sentido y el paciente decide, de manera voluntaria, emprender este camino. 

Para aplicar esta metodología respetando la jerarquía de las facultades humanas según la PIP, el proceso no ocurre al azar, sino que sigue un orden profundo en la concepción de la persona según el meta-modelo. 

En primer lugar, todo comienza con la ordenación intelectiva y volitiva. El terapeuta apela primero a la razón y a la voluntad del paciente. Es allí, en el entendimiento, donde se toma la decisión consciente de perdonar. La voluntad no actúa a ciegas, sino movida por la razón hacia un bien mayor. El propósito firme de renunciar a la represalia y romper la cadena del rencor.

Luego vienen la educación y el reordenamiento de la afectividad. A diferencia de lo que quisiéramos, nuestras emociones no se transforman por un simple decreto o mandato voluntario directo. Pensar que las heridas se sanan porque “uno quiere” sería caer en un voluntarismo categórico. La afectividad se reordena de forma progresiva a medida que renovamos nuestro juicio racional, lo que en clínica llamamos reencuadre. Es esta nueva mirada la que poco a poco va ordenando e integrando las pasiones sensibles, devolviéndole esa tan anhelada paz a la vida interior.  

Y por último, alcanzada esa paz, se da un despliegue operativo e inmanente. La persona se realiza al actualizar sus facultades a través de la acción, pasando de la potencia al acto; la repetición de estos actos genera hábitos que, a su vez, perfeccionan e impulsan sus acciones futuras. Por eso, el perdón no se queda en una mera intención teórica; se consolida y echa raíces cuando la persona ejecuta actos deliberados de benevolencia. Es en esa acción concreta donde se restaura el equilibrio interior, fortaleciendo una mayor integración interior.

Como podemos apreciar, el perdón deja de ser un ideal abstracto o una imposición moral para convertirse en un camino de sanación profunda. Como profesionales de la salud mental, ofrecer esta alternativa no solo enriquece nuestra labor científica, sino que brinda a la persona la llave para arrebatarle el poder a la injusticia sufrida y recuperar, en definitiva, el dominio y curso de su propia vida. 

Desde una mirada integral de la persona, perdonar no supone negar la herida ni dejar atrás el dolor por un simple acto de voluntad. Supone un proceso en el que razón, voluntad y afectividad pueden ir integrándose progresivamente frente a la injusticia sufrida. Incorporar esta posibilidad a la clínica, sin imponerla y respetando siempre los tiempos y la libertad del paciente, amplía nuestro repertorio terapéutico. Quizás el desafío sea, simplemente, atrevernos a poner el perdón nuevamente sobre la mesa.

María Jesús Quiroga

Psicóloga

Bibliografía:

[1] Ilibagiza, I., & Erwin, S. (2006). Left to tell: Discovering God amidst the Rwandan Holocaust. Hay House.

[2] Lee, Y.-R., & Enright, R. D. (2019). “A meta-analysis of the association between forgiveness of others and physical health.” Psychology & Health, 34(5), 626–643.

[3] Enright, R. D., & Fitzgibbons, R. P. (2015). Forgiveness therapy: An empirical guide for resolving anger and restoring hope (2nd ed.). American Psychological Association. https://doi.org/10.1037/14526-000

[4] North, J. (1987). Wrongdoing and forgiveness. Philosophy, 62(242), 499–508. https://doi.org/10.1017/S003181910003905X

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Quiroga, M. J. (2026, agosto 31). ¿Tiene el perdón un lugar en la consulta? Asociación de Psicología Integral de la Persona. https://www.apsip.org/newsletters/agosto/2026

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