El valor de la anamnesis
Julio, 2026
Hay momentos en la práctica clínica en los que los síntomas parecen hablar con voz propia. La hiperventilación y los temblores que sobrevienen a una joven en el metro, el patrón de retraimiento de un hombre adulto que, desde fuera, recuerda a un trastorno del neurodesarrollo, o la tristeza profunda que apenas permite a dos empleados sobrellevar su jornada. Todos estos fenómenos, observables desde el exterior, parecen conducir de manera casi inevitable a determinados diagnósticos.
Sin embargo, basta con contemplarlos desde una perspectiva distinta del cientificismo en el que se ha apoyado casi exclusivamente la psicología—esto es, aquella postura que admite como real únicamente lo que puede verse o medirse y relega la subjetividad a un residuo marginal—para que lo que parecía evidente se vuelva del revés o, al menos, revele matices capaces de transformar por completo el sentido del cuadro clínico.
Quienes toman en serio el sufrimiento humano saben que los síntomas no pueden hablar por sí solos, pues tienen muy presente que, así como una cerradura solo se abrirá por medio de una llave con un patrón de muescas específico, y que el bronce de esta se compone de cobre y estaño; en el ámbito clínico, se requiere de ciertos elementos ordenados de una manera específica para que el procedimiento que aquí nos interesa pueda servir a su fin. Con esto en mente, más allá de los aspectos particulares que toda anamnesis debiese cubrir—pero que pueden o no incluirse según lo ameriten las circunstancias—en los sucesivos párrafos y casos que hemos seleccionado, procuraremos dar cuenta de aquellos elementos generales que no pueden estar ausentes, ya que en ellos recide la utilidad y eficacia de este procedimiento, por no decir, además, de todo proceso terapéutico.
Para empezar, no podemos evitar hacernos eco de las palabras de Chesterton cuando advirtió que llegaría el día en que habría que blandir espadas para defender que el pasto es verde [1]. Pues, por contraintuitivo que parezca, hoy está en entredicho que los elementos básicos necesarios para forjar la llave que buscamos se correspondan, por un lado, con aquel trasfondo biográfico en el que concurren determinados acontecimientos que podríamos llamar psicopatogénicos y, por otro, con el significado que la persona atribuye a dichas experiencias, los cuales explican la aparición y la forma concreta de su sintomatología.
Pensemos en una joven que, de camino a su primera práctica laboral, experimenta una crisis de pánico en el metro. Un observador externo solo verá el temblor, la respiración agitada y la mirada desbordada de miedo. Conforme a los criterios de un manual diagnóstico, aquello podría parecer suficiente para identificar el episodio dentro de la categoría diagnóstica correspondiente. No obstante, incluso si presta atención a manifestaciones que solo pueden conocerse cuando la propia paciente las relata, como la pérdida de familiaridad con el lugar en el que se encontraba (desrealización) o que su corazón se desbocó, ello no basta para entender por qué le ocurrió esto. Por importantes que sean todos estos datos, no constituyen el núcleo del episodio. En esto estriba la diferencia entre el diagnóstico descriptivo y el diagnóstico comprensivo.
La confusión entre ambos, o mejor dicho, la omisión del segundo, puede apreciarse fácilmente en el caso de un adulto cuyas dificultades sociales, rigidez conductual y retraimiento llevaron a un psicólogo—quien aseguraba conducirse conforme a los más estrictos estándares basados en la evidencia científica—a diagnosticarle un determinado grado de trastorno del espectro autista. Sin embargo, cuando esa misma persona buscó una segunda opinión y otro profesional examinó su historia vital con detenimiento, apareció una infancia marcada por las constantes amenazas de quienes estaban a su cargo y la imprevisibilidad con que estas se producían; un ambiente en el que la desconexión emocional constituyó el único refugio posible y que, a fuerza de repetición, terminó consolidándose como un modo habitual de relacionarse con el mundo. Así, lo que desde fuera parecía un rasgo propio del neurodesarrollo era, en realidad, una forma aprendida de distanciarse para sobrevivir.
Por nombrar cualquier otra psicopatología, en el caso de la depresión, esta omisión resulta igualmente nefasta, más aún cuando se considera la esfera biológica. Aunque dos personas puedan describir la misma sintomatología—pérdida de interés por aquello que antes las motivaba, un estado de ánimo dominado por la tristeza, incapacidad para rendir adecuadamente en el trabajo, etc.—, una exploración seria de su trayectoria vital puede revelar divergencias radicales. De modo tal que mientras que en un caso el cuadro obedece a un duelo complicado tras la muerte de una figura significativa, en el otro, al no encontrarse nada en la historia personal que justifique los síntomas, un examen médico posterior pone de manifiesto un trastorno tiroideo que altera el funcionamiento endocrino y, por extensión, la vida afectiva.
De estos ejemplos se desprende que las evaluaciones que priorizan únicamente los signos visibles incurren en dos errores. El primero radica en apresurarse a emitir un diagnóstico fundándolo exclusivamente en aspectos descriptivos, los cuales no permiten distinguir entre cuadros que pueden presentar manifestaciones semejantes. El segundo consiste en pasar por alto la biografía del paciente, cuando en realidad es ahí donde podemos encontrar los acontecimientos que facilitaron la aparición de un trastorno determinado.
Como no puede ser de otro modo, ello dificulta orientar correctamente el tratamiento. Después de todo, si la crisis de pánico de la joven que mencionamos antes responde a que no se experimenta a sí misma como alguien a la altura de las circunstancias, en buena medida porque rara vez recibió apoyo o palabras de confirmación por parte de sus padres, mientras que la de un chico surgió después de que se quedara sin amigos al mudarse de país y fuera rechazado por las personas con las que intentó entablar relación, resulta evidente que, aun cuando ambos padezcan el mismo cuadro clínico, requieren aproximaciones terapéuticas distintas para que este remita.
Con lo dicho hasta aquí, podría parecer que estamos sugiriendo que las distintas situaciones por las que atraviesan las personas son las causantes de toda psicopatología. Sin embargo, no es así. Por sí solas, estas representan únicamente las condiciones sin las cuales un determinado efecto, es decir, un trastorno, no podría producirse. Si esto no fuera así, toda persona que atravesara experiencias psicopatogénicas, ya fueran padecidas o buscadas, desarrollaría alguna afección de esta naturaleza. Sin embargo, la realidad muestra que eso no ocurre. Por tanto, se requiere del segundo elemento que enunciamos al comienzo de esta reflexión y que ya se deja entrever en los casos anteriores: el significado que los acontecimientos vividos tienen para el propio paciente.
Basta con reparar en las secuelas del aborto para advertir a qué nos referimos. Con independencia de la sintomatología que mujeres y hombres puedan presentar, esta se observa en quienes reconocen haber dado muerte a su propio hijo. Las circunstancias que condujeron a esa decisión pueden ser muy diversas, hasta el punto de que el grado de responsabilidad no siempre será el mismo. Sin embargo, hay algo que no admite discusión: nadie derrama una sola lágrima después de que le extraigan una muela cariada, mientras que sí lo hace quien reconoce que ha colaborado en la extinción de una vida humana que era carne de su propia carne.
No es casualidad que nos hayamos decantado por el aborto como ejemplo para dejar sentado el punto anterior. En primer lugar, ello se debe a que nos parecen demasiado frecuentes los cuadros depresivos crónicos diagnosticados una y otra vez por distintos profesionales que, al no realizar una anamnesis que contemple esta posibilidad, se limitan a encogerse de hombros y a aducir causas biológicas. En segundo lugar, porque, como veremos en breve, ni siquiera los dos elementos delineados hasta aquí bastan para que la anamnesis nos permita desvelar el sentido que guardan los síntomas del paciente en determinados casos.
Mejor dicho, difícilmente podremos acceder a ellos si antes no nos hacemos merecedores de que la persona que nos consulta nos permita contemplar su singularísima vida interior. Y es que nadie puede negar que la interioridad en la que todos custodiamos nuestra historia y el significado que le atribuimos solo se comparte cuando así lo queremos, y ello ocurre cuando se nos demuestra que la otra persona desea auténticamente nuestro bien.
En el contexto que nos ocupa, ello significa que, a menos que el clínico esté movido por amor a la persona que tiene delante, difícilmente esta le permitirá mirar en su interior con toda la profundidad y el detalle que ello requiere. En este sentido, y recurriendo una vez más a la analogía que nos ha acompañado a lo largo de esta reflexión, no ha de extrañarnos que los clínicos que reducen su ejercicio profesional a un mero acto técnico, las más de las veces, terminen por recordarnos a alguien que forcejea en vano por abrir una puerta con la llave equivocada. Y ello no debería sorprendernos, pues pasaron por alto las muescas que distinguen la llave correcta de todas las demás.
Quizá no resulte tan complejo advertir la relación entre la fobia que experimenta un niño hacia los perros y el hecho de que uno lo atacara mientras volvía del colegio. Sin embargo, cuando se tiene enfrente a una madre primeriza que, aterrada, relata que constantemente le sobrevienen pensamientos intrusivos en los que se imagina haciéndole daño a su hijo, se advierte de inmediato que comprender el sentido de ese sufrimiento no será una tarea sencilla. O quizá sí, siempre y cuando, como hemos visto, se lleve a cabo una buena anamnesis; una guiada por un verdadero amor al prójimo. De este modo, allí donde algunos, desconcertados por lo que veían, desistieron rápidamente, otro perseveró en su empeño por comprender el origen de aquel fenómeno y, con ello, aliviar el sufrimiento de la mujer que acudió a su consulta. Esto lo llevó a profundizar en su historia personal y a descubrir que, durante sus años de universidad, tras quedar embarazada en una fiesta, sus padres la amenazaron con dejar de pagarle los estudios si no se sometía a un aborto. Felizmente, hoy puede escucharse a esta madre decir: “La terapia me aclaró las ideas; la confesión me devolvió la paz”.
La enseñanza fundamental es que el verdadero trabajo clínico no consiste meramente en pesquisar síntomas y signos, llenar las casillas de un checklist o confirmarlos mediante la aplicación de baterías de test, sino en interpretar esa información a la luz de la trayectoria vital de la persona y del significado que las distintas experiencias que la componen tienen para ella. De ahí que se escuche decir a algunos clínicos sensatos que “es vital conocer la historia vital del paciente” o que “el psicólogo debe ser experto en comprender por qué el paciente interpreta las cosas del modo en que lo hace”. Pero, por encima de todo, conviene destacar que la anamnesis no es solo un conjunto de preguntas bien formuladas. Es, ante todo, un encuentro entre personas. Por eso, si el clínico no se acerca al paciente movido por un genuino deseo de procurar su bien, difícilmente este le permitirá acceder a aquella interioridad en la que se encuentran las claves para comprender el sentido de sus síntomas.
Como corolario, añadamos que el amor por quienes sufren alguna psicopatología puede manifestarse de muchas maneras: a veces será la paciencia necesaria para no desistir cuando la información que buscamos tarda en aparecer; otras, una mirada cálida y compasiva que invite a decir aquello que los labios jamás se atrevieron a pronunciar. Sea cual sea esa manifestación, no debemos perder de vista que en ella reside buena parte de la profundidad interpretativa que exige el verdadero rigor clínico.
Nicolás Eyzaguirre
Fundador y Director de Tradere House Press
Bibliografía:
[1] Chesterton, G. K. (1905). Heretics (6° ed). John Lane.
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Eyzaguirre, N. (2026, julio 30). El valor de la anamnesis. Asociación de Psicología Integral de la Persona. https://www.apsip.org/newsletters/julio/2026