El error fundacional del DSM

Febrero, 2026

Una de las dificultades más grandes de la psiquiatría —y, por extensión, de la psicología clínica— fue durante mucho tiempo la escasa fiabilidad diagnóstica. No sólo por la complejidad real del sufrimiento psíquico, sino porque una misma persona podía recibir diagnósticos distintos según el país o incluso el hospital en el que consultaba. En ese contexto, la introducción de criterios explícitos y estandarizados por parte del DSM cumplió una función decisiva: hacer posible un consenso descriptivo entre clínicos de distintas orientaciones. Al ponernos de acuerdo en qué vemos, es decir, en los signos y síntomas que configuran un cuadro, se pudo hablar un lenguaje común, investigar con categorías compartidas y comparar resultados.

Sin embargo, el modo en que se resolvió ese problema trae consigo una dificultad de fondo, que hoy nos recuerdan las palabras de Santo Tomás: un pequeño error al principio se hace grande al final (In II Metaph., lect. 1, n. 274). El DSM-III (1980) logró el consenso descriptivo suspendiendo la exigencia de un marco causal unificado, dejando abierta la interpretación etiológica de los trastornos. En otras palabras, nos permitió acordar el nombre del cuadro, pero al precio de suspender la pregunta por sus causas.

Por supuesto, no estamos sugiriendo que todas las psicopatologías deban reducirse a un único principio. El problema es otro: si el manual se limita a describir configuraciones sintomáticas, la pregunta decisiva —¿por qué esta persona ha llegado a esto?— queda fuera del marco común, reapareciendo por la puerta trasera, pues la respuesta termina dependiendo de la corriente o escuela teórica preferida por cada clínico. 

Esta tensión se vuelve aún más visible a la luz del comunicado de la Asociación Americana de Psiquiatría del 29 de enero de 2026 [1], donde se presenta una hoja de ruta para el futuro del DSM y, junto con ella, una propuesta simbólicamente significativa: cambiar el nombre de “Manual Diagnóstico y Estadístico” por “Manual Diagnóstico y Científico”, con el fin de subrayar que su evolución debe estar guiada por el progreso de la ciencia.

En ese mismo anuncio se explica que las opciones que baraja el Comité Estratégico del Futuro del DSM buscan incorporar con mayor seriedad factores biológicos, determinantes socioeconómicos y culturales, así como el funcionamiento y la calidad de vida en la evaluación clínica. Todo esto constituye, sin duda, un gesto importante: reconocer límites, escuchar críticas, corregir omisiones y abrir el manual a dimensiones que el reduccionismo biomédico o el formalismo nosográfico han tendido a eclipsar. Sin embargo, los mismos documentos estratégicos que acompañan esta propuesta recuerdan con claridad que el DSM se ha concebido históricamente como un sistema orientado ante todo a la comunicación diagnóstica, más que a la explicación causal de los trastornos, y no mencionan que eso vaya a cambiar de forma radical [2, 3, 4, 5 y 6]. 

Justamente aquí estriba el problema que no conviene eludir: si el DSM pretende presentarse como “científico” sin superar su ateoricismo, aparece una dificultad conceptual evidente. Como enseñaba Aristóteles, saber científicamente no consiste sólo en describir un fenómeno, sino en conocer la causa por la cual es lo que es y no otra cosa (APo I.2, 71b9–12). La ciencia, en este sentido, es un saber que procede por causas y que permite comprender por qué algo ocurre necesariamente de ese modo. Por tanto, si aceptamos, al menos en términos generales, esta formulación clásica, entonces el paso de lo “estadístico” a lo “científico” exige algo más que ampliar el inventario de correlatos biológicos o de variables contextuales: exige una mayor claridad sobre las causas de los trastornos. De lo contrario, corremos el riesgo de cambiar una palabra en la portada sin atender verdaderamente al problema que la palabra “científico” inevitablemente plantea.

Alguien podría objetar: “pero precisamente se quiere avanzar hacia las causas, incorporando biomarcadores además de determinantes ambientales y culturales”. Y, en efecto, ese es el espíritu general de la hoja de ruta. No obstante, aun reconociendo todo el valor de esa propuesta, permanece un hecho clínico elemental —y filosóficamente decisivo—: la exposición a los mismos factores no produce necesariamente las mismas respuestas.

Al fin y al cabo, dos personas pueden atravesar adversidades similares, ambientes degradantes comparables o presentar vulnerabilidades biológicas idénticas o al menos análogas, y sin embargo divergir radicalmente: una desarrolla un trastorno específico, otra desarrolla uno distinto, y una tercera no desarrolla ninguno, sino que incluso sale fortalecida. ¿Cómo dar cuenta de esta diferencia sin reducirla al azar, o sin esconderla bajo rótulos descriptivos cada vez más finos? Ampliar el foco hacia la biología y el ambiente puede mejorar la descripción del contexto causal, pero no siempre alcanza para explicar la forma concreta que toma la respuesta psíquica en este sujeto singular.

En la práctica clínica, buena parte de lo que llamamos “psicopatología” —dejando a un lado los trastornos neurocognitivos— tiene el carácter de reacción: reacción a eventos, vínculos dañinos, amenazas, pérdidas o conflictos que irrumpen en la vida de la persona. Esa reactividad, además, está mediada por recursos o carencias que no son meramente externos, sino que dependen del modo en que la persona está estructurada como unidad viviente. Si la nosología futura quiere llamarse “científica” en sentido fuerte, no basta con añadir capas de medición; hace falta un marco que permita comprender la arquitectura del sujeto que reacciona.

Y aquí es donde, como asociación comprometida con una psicología verdaderamente integral, estamos llamados a proponer una salida que no sea meramente polémica, sino fecunda: retomar y promover el estudio del alma humana y su estructura, particularmente tal como fue desarrollada por la tradición tomista y quienes han contribuido a ella. No se trata de reemplazar datos por metáforas, ni de negar la contribución de la neurociencia o de las ciencias sociales; se trata de recuperar el nivel explicativo que permite ordenar esos datos y, en última instancia, comprender no ya sólo la naturaleza humana en general, sino al paciente que tenemos frente a nosotros.

La síntesis elaborada por Santo Tomás ofrece precisamente esto: una concepción del alma como principio de vida y forma del cuerpo, de la que se siguen operaciones jerárquicamente articuladas, potencias con relativa autonomía, pasiones con lógica propia, hábitos que estabilizan disposiciones, y una inteligencia y voluntad capaces de conocer la verdad y amar el bien. Esta arquitectura, lejos de ser un anacronismo, permite comprender por qué un mismo estímulo externo se traduce en respuestas internas distintas: porque lo decisivo no es solo el estímulo, sino la forma en que el sujeto lo recibe, lo integra, lo juzga, lo desea o lo teme, lo resiste o se entrega a él.

Ahora bien, este camino exige un tipo de esfuerzo intelectual al que la psicología contemporánea no está acostumbrada. Supone volver a preguntas de fondo, es decir, a un nivel de reflexión que pertenece propiamente al ámbito metafísico. La tradición tomista no oculta la dificultad de esta empresa: al comentar a Aristóteles, Santo Tomás recuerda que esta ciencia, aunque es la más noble, es también la más difícil para nosotros (In Metaph., I, lect. 2, n. 46). Pero esa dificultad no es una objeción, sino más bien el signo de que estamos tratando con lo más profundo de la realidad humana. Por lo mismo, en lugar de desesperanzarnos cuando no consigamos entender con absoluta claridad el problema que sea objeto de nuestras investigaciones, debemos descansar en el hecho de que, por lento y pesado que sea el avance, estamos construyendo sobre roca sólida.

En síntesis, la cuestión es simple, aunque no fácil: si la psicología quiere llamarse científica en sentido pleno, deberá volver a preguntarse por aquello que constituye su objeto propio: el alma humana, y esa tarea exige un marco antropológico capaz de dar cuenta de la naturaleza del ser humano en todos sus aspectos. El debate actual sobre el futuro del DSM puede ser una ocasión providencial para reintroducir con fuerza las nociones y desarrollos de la filosofía perenne en este respecto, complementándolos con las observaciones de la psicología empírica. Al fin y al cabo, la psicología no puede limitarse a clasificar; está llamada a comprender. Y comprender, en sentido fuerte, es comprender por causas.

Nicolás Eyzaguirre Bäuerle

Licenciado en Psicología

Bibliografía:

[1] La APA presenta una visión para el futuro del DSM. (2026, January 29). https://www.psychiatry.org:443/news-room/news-releases/la-apa-presenta-una-vision-para-el-futuro-del-dsm

[2]  Oquendo, M. A., Abi-Dargham, A., Alpert, J. E., Benton, T. D., Clarke, D. E., Compton, W. M., Drexler, K., Fung, K. P., Kas, M. J. H., Malaspina, D., O’Keefe, V. M., Öngür, D., Wainberg, M. L., Yonkers, K. A., Yousif, L., & Gogtay, N. (n.d.). Initial Strategy for the Future of DSM. American Journal of Psychiatry, 0, appi.ajp.20250878. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250878

[3] Öngür, D., Abi-Dargham, A., Clarke, D. E., Compton, W. M., Cuthbert, B., Fung, K. P., Gogtay, N., Kas, M. J. H., Kumar, A., Malaspina, D., O’Keefe, V. M., Oquendo, M. A., Wainberg, M. L., Yonkers, K. A., Yousif, L., & Alpert, J. E. (n.d.). The Future of DSM: A Report From the Structure and Dimensions Subcommittee. American Journal of Psychiatry, 0, appi.ajp.20250876. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250876

[4] Wainberg, M. L., Alpert, J. E., Benton, T. D., Clarke, D. E., Drexler, K., Fung, K. P., Gogtay, N., Malaspina, D., O’Keefe, V. M., Oquendo, M. A., Yonkers, K. A., & Yousif, L. (n.d.). The Future of DSM: A Strategic Vision for Incorporating Socioeconomic, Cultural, and Environmental Determinants and Intersectionality. American Journal of Psychiatry, 0, appi.ajp.20250875. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250875

[5] Drexler, K., Alpert, J. E., Benton, T. D., Fung, K. P., Gogtay, N., Malaspina, D., O’Keefe, V. M., Oquendo, M. A., Wainberg, M. L., Yonkers, K. A., Yousif, L., & Clarke, D. E. (n.d.). The Future of DSM: Are Functioning and Quality of Life Essential Elements of a Complete Psychiatric Diagnosis? American Journal of Psychiatry, 0, appi.ajp.20250874. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250874

[6] Cuthbert, B., Ajilore, O., Alpert, J. E., Clarke, D. E., Compton, W. M., Drexler, K., Fung, K. P., Gogtay, N., Kas, M. J. H., Kumar, A., Malaspina, D., O’Keefe, V. M., Öngür, D., Tamminga, C., Wainberg, M. L., Yonkers, K. A., Yousif, L., Abi-Dargham, A., & Oquendo, M. A. (n.d.). The Future of DSM: Role of Candidate Biomarkers and Biological Factors. American Journal of Psychiatry, 0, appi.ajp.20250877. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.20250877

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