La espiritualidad y la psicología

Dos caras de una misma moneda en terapia

Junio, 2026

La espiritualidad y la psicología pueden entenderse como dos dimensiones complementarias de la experiencia humana. Para profundizar en esta relación, es necesario comprender que el alma humana opera en tres niveles integrados: el vegetativo (funciones biológicas y de subsistencia), el sensitivo (donde radican la sensación, percepción, memoria, cogitativa y los apetitos concupiscible e irascible, que dan origen a las emociones) y el espiritual (compuesto por entendimiento y voluntad, potencias inmateriales orientadas hacia la verdad, la libertad y la trascendencia) [1, 2]. A partir de esta definición de la estructura del alma, es posible profundizar en las concepciones de psicología y fe.

Por un lado, los psicólogos buscamos explicar cómo las personas perciben, aprenden, recuerdan, resuelven problemas, se comunican, sienten y se relacionan a lo largo de la vida, tanto en contextos individuales como sociales. También estudiamos la inteligencia, la motivación y la personalidad, junto con las diferencias individuales y grupales. Además, podemos centrarnos en las alteraciones mentales y emocionales, los problemas personales y sociales, la psicoterapia, o en la mejora de las relaciones y del bienestar grupal [3].

Desde su concepción etimológica, también es conocida la psicología como la ciencia que estudia el alma o psyche. Por otro lado, la fe —según la visión tomista— complementa esta dinámica al operar como un acto del entendimiento que acepta y asiente a la verdad divina [4]. Este acto se encuentra guiado por la voluntad y perfeccionado por la gracia. En este sentido, la fe y el espíritu se relacionan bajo el principio de que el espíritu constituye el sujeto natural y la fe representa la perfección sobrenatural que lo eleva.

La persona humana es una unidad integrada; es decir, cada componente afecta y es afectado por los demás. Desde esta perspectiva, lo superior asume y ordena lo inferior. Por ello, desde una visión integradora del sujeto, resulta difícil disociar por completo la dimensión espiritual de la psicológica en el tratamiento clínico. Si bien ambas poseen métodos y formas de aproximación distintas, operan sobre una misma realidad: el ser humano en búsqueda de plenitud.

El paciente puede acudir a terapia por diversas razones: trauma —entendido en ocasiones como una “herida emocional”—, desregulación emocional, depresión, ansiedad, u otras. Estos trastornos vinculados al nivel sensitivo pueden afectar la disposición espiritual del sujeto. Por ejemplo, una persona con un trastorno depresivo puede presentar desánimo, desesperanza y dificultad para encontrar sentido. Estas manifestaciones pueden favorecer, en algunos casos, una experiencia de acedia espiritual o reducir su disposición a la oración y a la vivencia de la fe. Asimismo, una persona con un trastorno de ansiedad puede presentar una preocupación constante que dificulte el recogimiento, la confianza y la apertura a la experiencia espiritual.

Del mismo modo, una vivencia marcada por la pérdida de sentido o la desesperanza puede intensificar la sintomatología clínica o incluso ser causa de psicopatología, como la neurosis noógena mencionada por Viktor Frankl [5].

Ante esto, surge una pregunta relevante: ¿qué sucede si el paciente no desea involucrarse en una atención explícitamente psicoespiritual? En la tradición espiritual se suele recuperar el pensamiento de San Francisco de Sales para señalar que no se debe imponer la temática divina a quien no la solicita, sino más bien vivir de tal manera que sea el propio testimonio y, en este caso, la disposición del profesional lo que invite al otro a preguntar [6]. Ese “vivir” al que se alude no corresponde a un testimonio pasivo, sino a una forma de ejercer la práctica clínica desde una comprensión integral de la persona de manera activa. En este contexto, el terapeuta puede contribuir a preparar el terreno humano para la búsqueda de sentido y trascendencia. Sin embargo, esta inclusión de la dimensión espiritual debe realizarse siempre de manera gradual, atendiendo el interés del paciente, a su ritmo de elaboración y a la alianza terapéutica 

Si el paciente rechaza la terminología espiritual, el clínico puede atender las cuestiones de sentido que emergen en su relato mediante categorías que resulten accesibles para él, respetando su marco de comprensión y evitando reducir la intervención al plano exclusivamente psicológico.

Como sostiene Gonzalo Letelier [7], el alma humana es espiritual y realiza operaciones intrínsecamente independientes de la materia. Una manifestación de ello puede observarse en la constante búsqueda de sentido existencial (que es algo natural al ser humano en cuanto está dotado de razón). Dicha búsqueda puede expresarse mediante distintas prácticas culturales, filosóficas, religiosas o espirituales. Preguntas como “¿qué será de mí en el futuro?” o “¿cuál es el propósito de mi existencia?” remiten a inquietudes que exceden lo puramente material o sensible y apuntan hacia dimensiones inmateriales de la experiencia humana. 

Para operacionalizar esto en la consulta, puede utilizarse la conocida técnica gestáltica de “pelar la cebolla”. Este enfoque consiste en trabajar con el paciente capa por capa, desde las defensas externas y los procesos sensitivos distorsionados, hasta alcanzar aspectos más profundos del yo [8]. 

Para acceder a estas dimensiones profundas, el método socrático puede resultar especialmente útil. A través de un diálogo guiado con prudencia clínica, el terapeuta puede formular preguntas que ayuden al paciente a reflexionar sobre su propia interioridad, sentido de vida y dimensión trascendente. Si la persona realiza actos de confianza y proyecta expectativas sobre su futuro, puede interpretarse que existe en ella una apertura hacia preguntas de orden espiritual o existencial. Desde una perspectiva integral de la persona, abordar estas inquietudes puede formar parte del trabajo clínico, siempre que ello responda al bienestar global del paciente.

Por lo tanto, la inclusión de la dimensión espiritual en terapia no debe ser impositiva ni dogmática, ya que esto podría generar resistencia terapéutica o rechazo del proceso clínico. El desafío consiste en acompañar al paciente, mediante el despliegue de su propia racionalidad, hacia aquellas preguntas límite vinculadas con la inmaterialidad, la belleza y la trascendencia.

Michaela Vega Sáez

Psicóloga

Bibliografía:

[1] Aquino, T. (2001). Suma de Teología: I (4° ed). Biblioteca de Autores Cristianos.

[2] Echavarría, M. F. (2005). La praxis de la psicología y sus niveles epistemológicos según Santo Tomás de Aquino. Documenta Universitaria.

[3] Morris, C. G., & Maisto, A. A. (2005). Introducción a la psicología (12.ª ed.). Pearson Educación. 

[4] Aquino, T. (1990). Suma de Teología: III (1° ed). Biblioteca de Autores Cristianos.

[5] Frankl, V. E. (1946). El hombre en busca de sentido. Herder. 

[6] De Sales, S. F. (1985). Introducción a la vida devota. Editorial Herder.

[7] Letelier, G. (2022). Lecciones fundamentales de filosofía. Tanto Monta.

[8] Perls, F. (1976). El enfoque gestáltico y testimonios de terapia. Editorial Cuatro Vientos.

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Vega, M. (2026, junio 30). La espiritualidad y la psicología: dos caras de una misma moneda en terapia. Asociación de Psicología Integral de la Persona. https://www.apsip.org/newsletters/junio/2026

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